Cattleya, la nueva habitante del parque Jaime Duque, se une a los ya crecidos tres cóndores andinos nacidos bajo cuidado humano y que podrían ser liberados en la Cordillera Oriental. (Por: María Luzdary Ayala V.)
El suave golpecito dentro del huevo que había estado en observación durante 57 días abrió un pequeño orificio en la cáscara. Esa hendija diminuta fue el primer asomo de vida del ave más majestuosa de las montañas andinas. En la sala de cirugía, metidos en sus trajes quirúrgicos, el equipo médico celebró en grande el nacimiento más esperado del año. Para ellos, era el mejor regalo a su entrega y a la admirable paciencia que exige la incubación artificial del Cóndor de los Andes (Vultur gryphus).
La primera señal de vida dio paso a un complejo proceso de 60 horas. Como el polluelo no tenía la fuerza suficiente para romper el duro cascarón por sí mismo, día y noche, cada dos horas, los expertos masajearon el huevo y le dieron suaves toques con los dedos, en un ritual de preparación hasta la hora de descascararlo por completo, con la ayuda de pinzas quirúrgicas. Tras retirar el cordón umbilical, adaptar la temperatura exterior de la sala de cirugía y realizar los chequeos clínicos de rigor, el mundo conoció, al día 59 de gestación, a la pequeña hembra de cabeza negra, piel rojiza y plumas incipientes, bautizada Cattleya en homenaje a la orquídea nacional. Los biólogos supieron su sexo al instante por una condición determinante de la especie: solo los machos nacen con cresta.
Sin ponerse todavía en pie, la pequeña Cattleya, que pesó 220 gramos, fue trasladada a una máquina criadora, donde es alimentada y cuidada de la manera más natural posible, aunque lejos de sus progenitores, para salvaguardarla de cualquier eventualidad que pueda poner en riesgo su invaluable vida. El otro reto es mantenerla alejada de los humanos, de tal forma que se adapte más fácilmente a su hábitat natural cuando llegue el momento de su liberación en alguna de las cordilleras de Colombia.
Para lograrlo, el equipo utiliza dos títeres con cabeza de cóndor traídos especialmente desde Argentina. A través de una pequeña ventana en la máquina criadora, los encargados manipulan los títeres para alimentarla a partir de las 20 horas de su nacimiento. Se le proporcionan ratones bebés -criados en el bioterio del parque- carne de conejo o de res. Un sistema de vidrios espejo permite que el polluelo solo vea la figura de sus "falsos padres".
Fernando Castro, el zootecnista con maestría en Conservación y Uso de la Biodiversidad que se mantiene al frente de este ambicioso proyecto de recuperación de la especie más grande y emblemática de los andes, es el encargado de brindarle todos los cuidados al nuevo individuo de esta especie, que se encuentra en peligro crítico de extinción.
Con la llegada de Cattleya, el Parque Jaime Duque consolidó su cuarto éxito de reproducción bajo cuidado humano, sumándose a sus hermanos Rafiki, Wayra y Ámbar, quienes hoy habitan la Comarca del Cóndor, una reserva especialmente adaptada en el complejo del parque, sobre la vía a Tcoancipá. Todavía son pocos frente al objetivo final de alcanzar el repoblamiento del ave insignia de Colombia, plasmada en el escudo nacional.
Cuando vengo de Chile
La travesía científica para procrear la nueva generación de cóndores andinos despegó formalmente en 2015, aunque ya desde 1989, el Gobierno nacional había lanzado su Programa de Repoblamiento del Cóndor Andino. En este último intento y tras años de tocar puertas internacionales, el equipo del Jaime Duque logró que Chile trasladara tres parejas de cóndores a Colombia. Las expectativas eran altas, aunque también flotaba en el ambiente nubes de incertidumbre.
Una de las parejas fue enviada al Aviario Nacional en Barú y aunque lograron reproducirse, los padres y sus crías murieron tiempo después. La segunda pareja fue trasladada al Zoológico de Medellín, donde la hembra falleció debido a perdigones de plomo incrustados en su cuerpo. La tercera pareja llegó al Parque Jaime Duque y, tras ocho años de paciente adaptación en los que se les construyeron cuevas idénticas a sus refugios naturales, puso su primer huevo. "Desafortunadamente, no progresó", recuerda con nostalgia el zootecnista Fernando Castro, director del proyecto. "Por una razón inexplicable, al día 26, el macho lo rompió cuando el embrión apenas se estaba formando".

Fernando Castro, Zootecnista de UniSalle: "Quien no arriesga un huevo no gana un Cóndor. Foto: Daniel Jiménez
El golpe fue duro, pero el equipo de expertos, liderado por Castro —un hombre cautivado por las aves desde que las veía llegar al patio de sus abuelos—, no se rindió. Esperaron un año entero para la segunda postura. Esta vez, decidieron aplicar una estrategia que se acostumbra en algunos gallineros: retiraron el huevo real para llevarlo a una incubadora artificial y, para evitar el duelo o el abandono de los padres, los "engañaron" dejando en el nido un huevo de ganso de características similares, pero roto, para quitarle a los “viejos” la ilusión de una vida nueva.
La estrategia funcionó. Bajo un monitoreo estricto de temperatura, humedad y cámaras de video, nació Rafiki. Y en menos de tres años llegaron Wayra y Ámbar. En el caso de Cattleya, su gestación fue posible gracias a Audry, una hembra traída desde Estados Unidos que logró acoplarse con Katuma, el cóndor que había quedado viudo en Medellín.
Una apuesta de supervivencia
En Colombia, el panorama del cóndor es crítico. El último censo, realizado en 2021, registró 63 individuos. A partir de este conteo se calculó una población entre 150 y 250 ejemplares en estado silvestre, de ahí que esta especie sea considerada en peligro crítico de extinción.
Históricamente, las comunidades campesinas los han considerado erróneamente un peligro para el ganado y los animales de corral, lo que ha llevado a envenenamientos masivos. En 2018, por ejemplo, una pareja de cóndores fue víctima de esta acción, pero la oportuna atención logró salvarlos.
Paradójicamente, según lo documenta el Ministerio de Ambiente, la extinción de esta especie es provocada en especial por humanos, a pesar de que el ave cumple una función ecológica vital. Al ser carroñera, limpia los campos de cadáveres, acelera el retorno de nutrientes al suelo, reduce infecciones en otros animales y evita la contaminación de las fuentes de agua.
Por eso, el programa de repoblamiento incluye talleres pedagógicos con las comunidades rurales. Los frutos ya son visibles en el Páramo del Almorzadero, en Santander, en donde Doris Torres, ha convertido su finca en un mirador ecológico de manera que los turistas llegan hasta allí para avistar el vuelo de esta imponente ave. Coincidencialmente, el Ministerio de Ambiente declaró recientemente 151.000 hectáreas de este páramo como zona de reserva temporal, con el fin de preservarlo de actividades de minería ilegal.
Programas como el que lidera la fundación Parque Jaime Duque, exigen una alta inversión, al punto que, tal como lo advierte el grupo encargado del proyecto, se requiere de una política nacional que garantice los recursos necesarios para este tipo de desafíos.
Quien no arriesga un huevo...
A paso muy lento, pero firme, el cronograma previsto en este proyecto de repoblamiento, apoyado por la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) avanza hasta el objetivo final: la liberación en el medio natural, programada, en principio, para junio de 2027, muy seguramente en el páramo santandereano, donde el parque ya adquirió una reserva de 220 hectáreas -denominada la Piedra del Cóndor- con el apoyo de la Unidad Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

El títere que "engaña" a la cria, para que no tenga contacto con humanos. Foto: Daniel Jiménez
La misión de trasladarlos en guacales hasta el sitio de liberación, donde deben entrar en un proceso previo de adaptación, con brazaletes y transmisores GPS instalados en sus alas para facilitar el monitoreo, es toda una apuesta al destino de estas nuevas aves. Y es que, al pasar de un ambiente controlado a la inmensidad del cielo abierto, los cuatro condoritos se deberán enfrentar a vientos reales, a cazadores furtivos o, sencillamente, a la dificultad de conseguir su propio alimento. Cualquier eventualidad puede mandar al traste años de trabajo científico.
Aun así, Fernando mira al horizonte y el brillo de sus ojos transmite confianza por lo que pueda pasar. No duda, ni por un instante, que el riesgo es el precio de la libertad. En el entorno natural del parque suelta una frase que refleja el máximo sentido de su compromiso y el de todo el equipo de expertos: “quien no arriesga un huevo, no gana un cóndor".